| Testimonio
Bulimia Hasta mis 8 años recuerdo una infancia dentro de todo normal no tenía problemas en el colegio, era buena alumna, tenía amigos, nada me faltaba a pesar de que mamá había fallecido hacía 3 años y papá ya no vivía más conmigo. Sino que estaba con mis abuelos que me llenaban de afecto. Era feliz pero un día todo cambió, no se bien porqué decidí saltear el almuerzo de comedor y sólo comer una "Tita". Ahí comenzó el infierno, mi carácter se transformó, de ser alegre, llena de vida, me volví histérica, gritona, hacía escándalo por todo, especialmente a la hora de comer. Escondía las galletitas del desayuno en el cajón de cubiertos de plata de mi abuela, la volvía loca a la hora de cenar para que me sirviera menos, detestaba mis piernas y la balanza era mi obsesión. Temía no tener novio y quedarme sola de por vida. Cuando cumplí 9 años había perdido muchísimo peso, desesperadamente mi papá me llevó a distintos doctores y psicólogos y nadie sabía lo que me pasaba. Por suerte, a fin de año una psicóloga me diagnóstico anorexia y gracia a ella comencé a recuperarme y creí que nunca más la enfermedad volvería a invadirme, cuanto me equivoqué ..... a mis 15 años volví a caer en lo mismo. A diferencia de antes era consciente de lo que me pasaba pero no lo podía manejar, la obsesión por ser flaca era más fuerte. Mi vida estaba basada en contar calorías, tirar la comida en los recreos, solo comer en público cuando no tenía otra opción, en ocultar mi cuerpo bajo ropa bien holgada y engañar a los médicos cada vez que me pesaban escondiendo pesas dentro de mi ropa interior. Mi vida se había llenado de ritos y obsesiones de todo tipo que guiaban mis acciones. Tenía pánico al descontrol, hasta que un día volviendo de una fiesta encuentro a mi tía abuela en casa sufriendo un paro cardíaco. Luego de llevarla al hospital y de morir a las pocas horas, sentí unos deseos descontrolados por comer la torta que estaba guardada en la heladera y así fue como comencé a comer compulsivamente, y cuando me quise dar cuenta estaba vomitándola. Al día siguiente mi único objetivo era compensar todo lo que había comido el día anterior y así sin darme cuenta conocí a la otra cara del infierno "la bulimia" entrando en un círculo vicioso de "restricción-atracón-vómito". Transformando mi vida en un gran caos, todo lo que creía poder controlar y manejar se desbordó. Aparejado con mis conductas irracionales con la comida comenzaron mis conductas impulsivas de todo tipo, mis deseos de vivir al filo, al límite, mi necesidad de asumir riesgos sin medir las consecuencias, mis altibajos emocionales. Mi vida comenzó así a ser regida por la mentira, la manipulación, los sentimientos de vacío desmedidos, la falsa seguridad depositada en el cuerpo... Cuántos recuerdos que desearía borrar, que nunca hubiesen existido... Me acuerdo cuando trabajaba, mi jefa me tenía que dar el sueldo por día porque si cobraba mucho dinero junto lo gastaba todo de golpe... o la vez que me escondí en mi saco un dulce de leche del supermercado de la esquina de la desesperación por comer y no tener plata en el bolsillo... o cuando en 5to año ya no teniendo faltas seguía faltando a causa de haberme atraconado o porque me rateaba junto a mi novio de aquella época quedándome así ´libre" ... o cuando le desvalijaba la heladera a mi abuela y le gastaba toda su plata para darme atracones... o cuando salía sola de noche alrededor de las 3 o 4 de la mañana en pleno ataque de ansiedad buscando algún quiosco o autoservicio... o la vez que me quise escapar de casa de mi papá saltando unas rejas altísimas y empecé a correr sin saber hacia donde y sin un peso en el bolsillo... o cuando me quise escapar del tratamiento y me tomé un taxi sin saber que hacer... Cuánto tiempo perdido, cuántos años de mi vida desperdiciados por un objetivo sin sentido... y de a poco fui ganándome la desconfianza de todo el mundo, la mentira y la deshonestidad eran palabras que me caracterizaban y cada vez más alejaba a mi familia, mis amigos, mi novio. Perdí así también mi trabajo y en mis estudios me atrasé muchísimo. Mis cambios de ánimo tampoco los podía controlar, pasaba de ser la más simpática y divina en una reunión social a la persona más depresiva del mundo y de nuevo las personas que más pagaban el precio de estar al lado mío eran quienes más me querían, quienes no tenían porqué soportarme así. Hoy por hoy, lejos me animo a decir que me siento curada, creo que es un gran camino por recorrer y que es un desafío y una decisión que debo encarar cada día siendo conciente de que yo soy la única que puede manejar mis impulsos, mis cambios de ánimo y que si bien no soy la culpable de que todavía aparezcan, si soy la persona responsable de saber manejarlos. Existen otros valores y otros objetivos en la vida más que ser flaca, existe un mundo real que si bien es duro a veces, es muchísimo más bello que vivir una vida encerrada en uno mismo. |
| Esta es una de las tantas cosas que aprendí y me enseñaron a ver en ALUBA, donde sin el apoyo de todo mi grupo, del equipo terapéutico y también de mi familia y amigos creo que nunca hubiese salido adelante dado que fueron fundamentales en el tratamiento ya que nunca dejaron de estar a mi lado y siempre estuvieron de modo incondicional devolviéndome de a poco la fe en mi misma y brindándome confianza cuando ya nadie apostaba ni un peso por mi, ni siquiera yo misma. | ![]() |
| Testimonio
Anorexia Todo fue como una pesadilla de la que estoy despertando. Soy de Rosario y a los 12 años empecé a quererme cuidar, empecé dejando la gaseosa, después el helado y así distintas comidas. En realidad siempre todos me calificaban como que tenía buen cuerpo, las mamás de mis amigas les decían a ellas que sigan mi ejemplo así en general. Yo hacía inglés y me iba muy bien, en el colegio nunca me llevé una materia, en danza estaba adelantada, todos los de afuera me creían "perfectita", pero no se daban cuenta de que yo me sentía insegura de mi misma, que siempre temía los comentarios que podrían llegar a decir los demás. Así empecé a dejar de comer y a medida que fui bajando poco a poco de peso, mi "autoestima" empezó a "mejorar", claro, al principio un par de kilitos menos me quedaban bien, pero después me fui al otro extremo. Mis obsesiones con las dietas y dejar cada vez más alimentos se fue incrementando. Hubo un momento que tuve que ir a la nutricionista, varios momentos, pero para sintetizar, antes de entrar a ALUBA, pasé por varios psicólogos, nutricionistas, etc. Obviamente les mentía, cuando por ejemplo tenía que comer una banana, les decía que la había comido y no lo había hecho. Mis papás tuvieron que empezar a hacer control de stock de las bananas de la casa para ver si las comía o no. Entonces probé otra estrategia, la tiré al tacho de basura. ¿Qué pasó? Mis padres revisaron la basura. Mi enfermedad seguía pasando, la tiré a la basura envuelta en una servilleta para que no la vieran. También me descubrieron. Lo último que hice que "funcionó" fue tirar la banana al inodoro y dejar la cáscara como rastro de haberla comido. Eso era lo típico para mí, dejar rastros. Los hacía con todas las ingestas que yo decía que hacía, con los postrecitos Nestlé que me daba un nutricionista, era obvio que yo no pensaba comerlos, entonces yo decía que desayunaba en mi pieza, entonces sacaba todo lo que había en el envase con una cuchara, lo metía en una bolsa y la bolsa la escondía en el fondo del placard. De esa forma también dejaba los "rastros", el pote de postrecito vacío y la cuchara sucia, hasta el día de hoy que encuentro en mi casa las bolsas con la comida podrida. La enfermedad te lleva a cometer locura tras locura. Después de una época se me dio por comer dos hamburguesas de soja diarias, eso solo ni más ni menos. Y como se dejaron de vender mi mamá desesperada empezó a buscar y no encontraba, se recorrió Rosario entero y no había caso, no se como hizo para averiguar la dirección de la fábrica, y no solo fue hasta allá sino que también se fue a la fábrica a rogarle al fabricante que le vendiera hamburguesas de soja para su hija que era lo único que comía. Ahora me río, pero me acuerdo que mi estaba desesperada y hablaba con mi tía de cómo iba a hacer si no había más de esas hamburguesas. La enfermedad se las ingenia de una manera impresionante para hacerte lastimar a vos misma. En un momento, que viajé a Estados Unidos, lo único que hacía era hablar en inglés con todos los chef de los restaurantes para que me cocinaran sin sal y sin aceite, tenía obsesión con la sal y el aceite, entre otras cosas. Si ya no podía tomar otra agua que no fuera Evian ni la Nestlé, porque las demás tenían sodio y no se que mambo tenía yo en mi cabeza que me impedía ingerir sodio. No solo se cometen "locuras" con la comida, la actividad física !!! Me levantaba a las tres de la mañana para hacer gimnasia en mi pieza y cuando terminaba todas las series que no podían ser ni más ni menos de las que me había propuesto, me iba al colegio. En el colegio hacía gimnasia en el baño, en los shoppings también. Cuando estaba adentro del auto levantaba los pies, o sea, no podían tocar el piso, no me pregunten por qué lo hacía, yo pensaba que cada momento lo tenía que aprovechar para hacer gimnasia, para adelgazar. Con todo lo que les cuento imaginen mi imagen. No tenía fuerza en verdad, pero me la pasaba nerviosa, angustiada, sentía malestar, no disfrutaba nada, lo único que me conmovía era cuando me pesaba y bajaba de peso. Una vez aumenté 200 grs y destruí la clínica, tiré el arbolito de navidad, insulté al nutricionista; la obsesión con el peso era terrible, pero no solo con el peso, con todo. Con la limpieza y la perfección. Mi pieza era un museo, antes de bañarme pasaba un trapo con desinfectante por el piso, barría, tiraba desodorante de ambiente, ya ni me acuerdo bien, pero era todo una ceremonia. No podía pisar descalza el piso entonces usaba una toalla para arrastrarla de la pieza al baño. Después de cada vez que llegaba del colegio limpiaba mis útiles con alcohol, me cortaba las uñas, me pasaba la depiladora por si tenía algún pelo, me mojaba el pelo y me peinaba, tomaba una jarra de agua. Mi vida era una tortura, me sentía aprisionada, dependía de adelgazar y no comer, realmente no quería vivir más así. Estuve internada dos veces, la primera fue a los 13 años ahí estuve con sonda, y la segunda estuve solo tres días y al tercero me vine para Buenos Aires. Y ese mismo día, entré en ALUBA. |
| Al
principio me costaron las cosas. Pero hoy me siento más plena que
nunca, disfruto de las pequeñas cosas, hay cosas que todavía
me cuestan, pero yo tengo las herramientas y puedo manejarlo. Es como que
valorás todo y no podés ver lo que pasaste, como estabas antes
y como me siento ahora. Es increíble, yo ahora lo estoy escribiendo
y todavía no lo creo. Pude retomar mis clases de danza que hacía
desde los cuatro años, retomé el colegio, retomé la
vida, retomé vivir. La verdad que no se como agradecer a todos por la ayuda incondicional que me dieron y como me bancaron. Yo hoy reconozco que era insoportable, y hoy ayudar en ALUBA a las chicas que viven lo mismo que yo viví me hace muy bien. En fin, la plenitud que tengo hoy no tiene precio, no la cambiaría por nada. |
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